Es raro que al hablar de fotografía no salga a relucir más temprano que tarde el viejo dilema referente al procesado de las imágenes que tomamos. Como siempre, hay opiniones para todos los gustos a la hora de decantarse por un sí o por un no. Incluso hay quien piensa que no es posible dar una respuesta taxativa a esa cuestión.
Ahora bien, aunque todas estas opiniones son respetables hay argumentos que se caen por su propio peso y, en este caso, el no categórico no tiene cabida. La razón es bien sencilla, no existe fotografía sin postprocesado debido a que:
La imagen que vemos en la pantalla o en el papel es una representación limitada de la luz que hemos conseguido captar con nuestra cámara. Es evidente que el primer procesado que se le hace a la foto depende de la calidad del equipo utilizado. Suponiendo que estuvieran realizadas sin ningún fallo humano, el resultado dependería de la calidad de la óptica, sensor o película y demás detalles físicos del equipo.
Al pasar la imagen a papel obtenemos diferentes resultados según la calidad de dicho material. Esto es así tanto en la fotografía analógica como en la digital.
En el caso de la fotografía digital, la propia cámara hace una serie de ajustes en cuanto a saturación, brillo, contraste y nitidez de forma automática. Estos ajustes, en máquinas de gama alta, son variables por el usuario pero los varíe o no siempre se realizarán los que configure el interesado o los que tenga prefijado de fábrica la cámara.
Si disparamos en modo RAW dichos ajustes no se llevan a cabo, pero más tarde o más temprano tendremos que realizarlos para subir nuestras fotos a la Web o sacarlas en papel.
Si somos ese tipo de usuario que manda las fotos directamente al laboratorio sin hacerles ningún retoque tampoco nos libramos. El laboratorio se encargará de aumentar la nitidez y saturación sin pedirnos permiso. De hecho, si no queremos que sea así tendremos que comunicarlo para que no ajusten nuestras fotos.